miércoles, 14 de abril de 2010

EL ROL DE LA MUJER EN LA VIDA DE JESÚS. ABRIL 2010


LAS MUJERES DE JESÚS.

Artículo escrito por:Juan Manuel de Prada.

Jesús restablece para siempre la nobleza de la mujer, como nadie nunca se había atrevido a hacerlo, como nadie nunca lo hará.


Todo el Evangelio está regado de pasajes en los que relumbra el trato delicado y enaltecedor que Jesús brinda a las mujeres; un trato que, sin duda, hubo de resultar incómodo a sus discípulos –como en varias ocasiones queda reflejado– y escandaloso a sus contemporáneos.


Incomodidad y algo de bochorno sienten los discípulos, por ejemplo, en la unción de Betania, cuando Jesús permite que María, la hermana de Lázaro, le derrame sobre los pies una libra de perfume de nardo; un gesto confiado, de una naturalidad candorosa, que a los ojos severos de un puritano de la época –de cualquier época, en realidad– podía alimentar cuchicheos y maledicencias.


Y escándalo debieron de sentir sus contemporáneos cuando Jesús impide que la mujer adúltera sea apedreada, como exigía la ley de Moisés. En ambos gestos descubrimos una corriente de complicidad que desafía las convenciones establecidas, un desafío jovial a los usos sociales, una suerte de alegre desdén hacia todas las cortapisas y escollos que se interponen en la generosa fluencia entre dos espíritus nobles.



Porque lo que más atrae de Jesús en estos pasajes es su capacidad para descubrir nobleza en donde otros, entorpecidos por las legañas de los prejuicios, sólo descubren indecencia o pecado; una nobleza quizá aturullada, quizá arañada por debilidades y claudicaciones, pero nobleza a fin de cuentas, dispuesta a vindicarse y a recuperar su sitio. El diálogo que Jesús mantiene con la samaritana en el pozo de Jacob llena de perplejidad a sus discípulos. Ahora ya no sólo les ofende que converse con una mujer a solas, actitud que debía de juzgarse indecorosa, sino que además esa mujer sea natural de Samaria, la región cuyos habitantes eran execrados por sus heterodoxias. En ese diálogo, Jesús no evita la ironía piadosa; y la emplea, además, en un punto en el que la samaritana estaría acostumbrada a recibir las reconvenciones más agrias y destempladas.



«Llama a tu marido», le dice; a lo que la samaritana responde que no tiene marido. «Bien has dicho –asiente Jesús–; porque maridos has tenido cinco, y el que ahora tienes no lo es.» La samaritana debió entonces de abrir los ojos como platos. ¡Aquel extraño sabía que había sido mujer de cinco maridos y, en lugar de rehuirla como a una apestada, entablaba amistoso coloquio con ella! Aquí el Evangelio no hace comentario alguno; pero siempre que leo este pasaje imagino el natural desconcierto que a la samaritana debió de producirle la "adivinación'' de Jesús; un desconcierto que tal vez terminase en sonrisa, al reparar en el rostro afable de Jesús.


De dónde salía aquel tipo que la aceptaba sabiendo lo que era, como si su pasado no le importara, como si ese pasado hubiese sido fulminantemente borrado por el agua que le prometía? La samaritana debió de notar entonces la acción misteriosa de la gracia, que golpea sin desmayo a nuestra puerta, sin importarle demasiado nuestras debilidades; o, importándole tanto, que a todas ellas las abraza, con calidez incombustible. E, inevitablemente, tuvo que sonreír: con pudor, con gratitud, con incalculable alegría. Pero donde la simpatía franca que Jesús emplea con las mujeres desborda la medida de lo previsible y alcanza el colmo, para hacerse subversiva, es en la jornada de su resurrección.


El testimonio prestado por mujeres carecía de valor en aquella época, tanto para la ley mosaica como para el derecho romano; y, sin embargo, Jesús quiere que sean mujeres quienes anuncien el acontecimiento más importante de su paso por la tierra, el acontecimiento que justifica la fe que ha venido a fundar.



Fueron, en efecto, mujeres quienes acudieron al sepulcro vacío, cargadas de bálsamos ya inútiles; fueron mujeres las primeras que lo vieron resucitado: primero, su madre, de quien sin duda había aprendido a tratar a las mujeres con franqueza; después, la Magdalena y el grupito femenino que lo acompañaba desde Galilea. En esta elección hay, desde luego, una recompensa a la lealtad (ellas habían sido quienes permanecieron en el Gólgota, al pie de la cruz, mientras los discípulos tomaban las de Villadiego); pero hay también un corte de mangas a los prejuicios de la época.



A Jesús no se le podía escapar que nadie iba a prestar crédito al testimonio de aquellas mujeres; y que, por ello mismo, el anuncio de su resurrección iba a resultar mucho más problemático, como algunos días más tarde él mismo tendría ocasión de comprobar, camino de Emaús. En ese magnífico, grandioso, exultante corte de mangas a los prejuicios de la época, Jesús restablece para siempre la nobleza de la mujer, como nadie nunca se había atrevido a hacerlo, como nadie nunca lo hará.



Artículo de Juan Manuel de Prada en XLSemanal


EXTRAIDO DESDE NUESTRO BLOG AMIGO:


http://www.primeroscristianos.com/

domingo, 11 de abril de 2010

PARÁBOLA DE DOS GEMELOS EN EL ÚTERO MATERNO. Abril 2010


El pasado sábado, José Ignacio González Faus, dio en Zaragoza unas charlas sobre él triduo Pascual.

Dijo cosas muy interesantes, pero voy a recoger sólo un material que citó para hablar de la vida después de la muerte y cómo afrontamos lo desconocido. Empleó la siguiente parábola que por lo que he podido averiguar, es una historia relatada por Henry J. M. Nouwen.


El texto que circula por internet, es la adaptación que hace Wayne W. Dyer de dicha historia en su libro “Tus zonas sagradas” de donde está extraído el texto que pongo a continuación.
Imagine esta escena si es tan amable.
Dos bebés se encuentran en el útero, confinados en las paredes del seno materno, y mantienen una conversación. Para entendernos, a estos gemelos les llamaremos Ego y Espíritu.

Espíritu le dice a Ego:“Sé que esto va a resultarte difícil de aceptar, pero yo creo de verdad en que hay vida después del nacimiento”.


Ego responde:“No seas ridículo. Mira a tu alrededor. Esto es lo único que hay. ¿Por qué siempre tienes que estar pensando en que hay algo más aparte de esta realidad? Acepta tu destino en la vida. Olvídate de todas esas tonterías de vida después del nacimiento.”


Espíritu calla durante un rato, pero su voz interior no le permite permanecer en silencio durante más tiempo.“Ego, no te enfades, pero tengo algo más que decir. También creo que hay una madre.”


“¡Una madre!” –exclama Ego con una carcajada-. “¿Cómo puedes ser tan absurdo? Nunca has visto una madre. ¿Por qué no puedes aceptar que esto es lo único que hay? La idea de una madre es descabellada. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Ésta es tu realidad. Ahora cógete a ese cordón. Vete a tu rincón y deja de ser tan tonto. Créeme, no hay ninguna madre.”


Espíritu deja, resignado, la conversación, pero la inquietud puede con él al cabo de poco. “Ego” –implora-, “por favor, escucha, no rechaces mi idea. De alguna forma, pienso que esas constantes presiones que sentimos los dos, esos movimientos que a veces nos hacen sentir tan incómodos, esa continua recolocación y ese estrechamiento del entorno que parece producirse a medida que crecemos, nos prepara para un lugar de luz deslumbrante, y lo experimentaremos muy pronto.”
“Ahora sé que estás completamente loco” –replica Ego-, “Lo único que has conocido es la oscuridad. Nunca has visto luz. ¿Cómo puedes llegar a tener semejante idea? Esos movimientos y presiones que sientes son tu realidad. Eres un ser individual e independiente. Éste es tu viaje. Oscuridad, presiones y una sensación de estrechamiento a tu alrededor constituyen la totalidad de la vida. Tendrás que luchar contra eso mientras vivas. Ahora, aférrate a tu cordón y, por favor, estate quieto.”


Espíritu se relaja durante un rato, pero al fin no puede contenerse por más tiempo. “Ego, tengo una sola cosa más que decir, y luego no volveré a molestarte.”
“Adelante” –responde Ego, impaciente-. “Creo que todas estas presiones y toda esta incomodidad no sólo van a llevarnos a una nueva luz celestial sino que cuando eso suceda vamos a encontrarnos con la madre cara a cara, y conocer un éxtasis que superará todo lo que hemos experimentado hasta ahora.”


“Estás totalmente loco. Ahora sí que estoy convencido.”


Tomado del Blog De Nuestro Amigo y Hermano Español:

EN TIEMPO PASCUAL MEDITEMOS ESTE MOMENTO BIBLÍCO.


"Unos necesitan ver para creer, otros simplemente confían. Cristo no oculta su resurrección a ninguno de ellos, Cristo no abandona a sus amigos. Aún en tiempos de oscuridad y falta de fe Cristo avanza por sendas de encuentro contigo."






Tomado del Blog Pastoral Español de nuestro Hermano y Amigo : Daniel Pajuelo Vázquez

HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 2010. FESTIVIDAD DE LA DIVINA MISERICORDIA.


Vivamos Con las Puertas Abiertas Porque Tenemos a Jesús Resucitado.


Material de oración, meditación y profundización de la homilía del domingo, enviado desde Tenerife España por el Presbítero Padre Carmelo Hernández.


Hechos, 5, 12-16; Sal. 117; Apoc. 1, 9-13.17-19; Jn. 20, 19-31


A los ocho días estamos reunidos de nuevo. Seguimos sintiendo viva en nosotros la presencia del Señor resucitado. También nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor, al encontrarnos con el Señor, al sentir viva en nosotros la presencia del Cristo resucitado.


No se ha acabado para nosotros la intensidad con que celebramos la fiesta de la Pascua del Señor. Así queremos vivir y estamos viviendo, lo hemos vivido a través de toda esta semana, la octava de la Pascua.La Palabra de Dios proclamada en este segundo domingo de Pascua a esto nos ayuda.


En el evangelio las apariciones de Jesús a los discípulos reunidos en el Cenáculo el mismo primer día de la semana y ocho días después cuando ya está Tomás con ellos. Lo mismo nos ayuda el testimonio de la vivencia y del crecimiento de aquella primera comunidad de Jerusalén como nos relatan los Hechos de los Apóstoles.


Igualmente la figura que se nos presenta en el Apocalipsis, imagen de Cristo resucitado: ‘me volví a ver quien me hablaba y al volverme, vi siete lámparas de oro, y en medio una firma humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho…Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’Muchas cosas podemos concluir de los textos de la Palabra proclama que nos ayuden en la propia celebración y para el crecimiento y maduración de nuestra fe personal y de la vivencia de todos como comunidad cristiana. Destaquemos algunas cosas e interroguémonos también por dentro.La primera, la paz. ‘Paz a vosotros’, es el saludo del Señor resucitado. Por tres veces aparece dicho saludo en el texto del evangelio de hoy.


Frente al temor y a las dudas, la paz; frente a aquello que nos tiene rotos por dentro, nuestro pecado y nuestro desamor, la paz. La paz de la seguridad y la confianza que nacen de la presencia del Señor resucitado. La paz de quien se siente amado y perdonado. La paz del que en Cristo encuentra esa armonía interior, pero que será creadora también de comunión y nueva fraternidad con los demás. La paz de quien se siente seguro en el Señor y convencido de ello quiere comunicarlo y compartirlo con los demás. ‘Hemos visto al Señor’, le comunican inmediatamente los que se habían encontrado con el Señor al ausente Tomás. Pero en Tomás siguen las dudas, se seguía sintiendo turbado e inseguro por dentro porque aún no se había encontrado con el Señor. Pide pruebas que no son otra cosa que buscar apoyos donde afianzarse en sus inseguridades.


Cuando se encuentre con el Señor, a los ocho días, ya no necesitará las pruebas, recobrará la fe y la paz. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ es su exclamación y profesión de fe.Es importante esta experiencia de encuentro vivo con el Señor. Algunas veces nos puede faltar a nosotros y vienen también nuestras dudas, inseguridades, turbaciones frente a cualquier problema o cosa extraña que nos pueda suceder. Por eso tenemos que cuidar mucho la forma cómo vivimos nuestras celebraciones alejando rutinas y frialdades, no dejándonos llevar por la tibieza. Importante que nuestros momentos de oración no se reduzcan a un recitar o repetir fórmulas de oración.


Necesario siempre ese primer acto de fe para sentirnos en la presencia del Señor. ¡Qué distinto sería todo!Cuando uno escucha los relatos de los Hechos de los Apóstoles ve la intensidad con que vivían aquellos primeros creyentes en Jesús y cómo crecía más y más el número de los que se adherían a la fe, no puede menos que tener también una mirada a nuestra situación actual, el hoy de nuestra iglesia y nuestras comunidades. Y surge la pregunta: ¿Qué signos y señales tenemos que dar los cristianos hoy para que aumente también, como en aquellas primera comunidades, el número de los creyentes?‘Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo’, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. ‘Los fieles se reunían de común acuerdo…, traían a los enfermos y a cuantos sufrían a los pies de los apóstoles, acudiendo de todas partes… y crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’.


Signos y prodigios, valentía para anunciar el nombre de Jesús a todos y en toda ocasión y se reunían de común acuerdo, y vivían una especial comunión entre todos los que creían en Jesús, como se nos manifiesta en otros textos también de los Hechos de los Apóstoles. Ya se habían abierto aquellas puertas en principio cerradas por miedo a los judíos. Se habían acabado las dudas y los temores.


Tenían la certeza y la seguridad de la presencia del Señor resucitado. ¿Es así cómo nosotros lo vivimos? ¿o permaneceremos aún acobardados, con muchas puertas cerradas o encerrados en nosotros mismos porque muchas veces nos encontramos un mundo adverso? Ya sabemos que los momentos en que vivimos no son fáciles ni demasiado brillante quizá y que el mundo y las fuerzas del mal se valdrán de los que sea para oscurecer la labor de la Iglesia y acallar el mensaje de vida que en nombre del evangelio queremos proclamar. Cuántas cosas adversas. Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe en Cristo resucitado.


No nos faltará nunca su presencia ni la fuerza de su Espíritu que es el que en verdad guía la vida de la Iglesia. A través de la historia no han faltado momentos oscuros y difíciles pero no ha faltado tampoco la asistencia del Espíritu Santo que a pesar de todo ha mantenido incólume a la Iglesia. ‘El poder del abismo no la hará perecer’, le prometió Jesús a Pedro cuando lo hizo piedra sobre la que edificar la Iglesia. Demos signos y señales con nuestra fe y con nuestro amor. La Iglesia, hemos de reconocer, sigue haciendo prodigios de amor a través de tantas personas fieles y santas y a través de tantas obras de amor que se siguen realizando. Tengamos confianza. Tenemos que ser luz con nuestra fe y con nuestras obras de amor. Y Jesús nos enseña en el evangelio que la luz hay que ponerla en alto para que ilumine. ‘Vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo’.Vivamos ya con las puertas abiertas porque tenemos con nosotros a Jesús resucitado.


Puertas abiertas de nuestro corazón para acoger a todos; puertas abiertas que nos pongan en camino para ir a llevar ese anuncio de Jesús a los demás, para anunciar el perdón y la paz, para ir a hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. ‘Hemos visto al Señor’, como le decían a Tomás. Es el anuncio que tenemos que hacer.


El evangelio que hemos escuchado termina diciéndonos que todo esto ‘se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Pedíamos en la oración que se reanimara la fe de la Iglesia con estas fiestas pascuales. Que crezca así nuestra fe y nos llenemos de vida y de paz; que sepamos también trasmitir esa fe para que el mundo crea que Jesús es el Hijo de Dios y, creyendo, tengan también vida en su nombre.

lunes, 5 de abril de 2010

HOMILIA DEL VIERNES SANTO. 2010



Material De Reflexión del Padre Carmelo Hernández, Tenerife España.


Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz.


Hay momentos en la vida en que uno se queda sin palabras. Algo impresionante que sucede ante nosotros, que nos deja casi sin respiración; acercarnos a una persona atenazada fuertemente por el dolor y el sufrimiento, ante el cual nada podemos hacer; contemplar a un moribundo que exhala su último aliento, o contemplar la muerte injusta de un inocente, son cosas que nos dejan sin palabras.


Algo así nos sucede en esta tarde del viernes santo a los pies de la cruz de Jesús. Un silencio lo envuelve todo y nos inunda por dentro. Fuerte e inaudita ha sido la descripción que nos hacía el profeta del siervo doliente de Yahvé, y ante lo que no podemos hacer otra cosa que repetir como un eco las palabras de Jesús mientras el salmista nos completaba la descripción. Pero con un silencio hondo el alma escuchamos luego el relato de la pasión y muerte de Jesús según san Juan.

Casi no tendríamos que turbar ese silencio con nuestras palabras para que no se rompa el ritmo de la contemplación. Por eso la liturgia en este día de Viernes Santo es bien austera: contemplación, oración, adoración y comunión.

Quizá en el silencio de nuestra contemplación siga resonando la pregunta de Jesús en Getsemaní a los que iban a prenderle.’¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ¿A quien vamos a encontrar? ¿Qué es lo que podemos descubrir? Como aquel que se ha quedado mudo ante el dolor y el sufrimiento y se pregunta ¿por qué, Señor, por qué? O quizá algunos nos puedan preguntar, tú ¿qué haces aquí? ¿eres también de sus discípulos?
Buscamos a ‘Jesús Nazareno’, pero no buscamos solamente a un hombre que pueda ser profeta o que pueda ser rey de Israel; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, que no sólo es nuestro Maestro sino también nuestro Dios y Salvador; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y en El encontraremos el amor, la paz, la vida y la salvación; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y queremos seguirle y ser sus discípulos, y con El no tememos también cargar con la cruz, con El hemos aprendido a negarnos a nosotros mismos para seguirle, en El y en su amor, el amor que se ha manifestado en la cruz, encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida, aunque nos parezca que poca cosa somos, aunque nos pudiera parecer nuestra vida inútil porque con nuestras limitaciones sintamos que poco valemos.

Y es que nuestro dolor, nuestros sufrimientos, nuestras discapacidades, nuestra aparente inutilidad tiene un sentido y un valor grande, el sentido y el valor que le da el amor. Es el sentido de la cruz. Es el sentido que descubrimos en las pasión y la muerte de Jesús. Por eso tenemos la esperanza de la vida plena, la esperanza de la resurrección. Damos un paso más allá para no quedarnos en la negrura de la muerte, sino llenarnos de la luz de la vida.
De ahí surgirá nuestra oración confiada y llena de esperanza. Una oración que hoy la Iglesia, al pie de la cruz de Jesús, hace universal para pedir por todos los hombres, por toda la humanidad; para que un día todos nos encontremos con nuestro Creador y nuestro Salvador. Oración en la que queremos poner la ofrenda de nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestro dolor, nuestras esperanzas y también nuestras alegrías, en una palabra, todo lo que somos.
Otro momento en nuestra celebración de hoy es la Adoración, la veneración de la Cruz de Cristo.
‘Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo’. Fue levantado en alto para que todos creamos en El, para que todos nos sintamos atraídos hacia El. Por eso su cruz adoramos, su cruz veneramos porque de ahí de lo alto de la cruz fluye para nosotros la gracia salvadora. Esa cruz que nos redime, pero que es imagen también de nuestras cruces, esa cruz que nosotros hemos de tomar para seguirle, pero esa cruz que vemos también una humanidad doliente a nuestro alrededor, y donde hemos de ser cirineos que ayudemos a llevar esa cruz. Con nuestra adoración y veneración nosotros vamos hoy a cubrir de flores la cruz. Me explico.

Os trascribo un hermoso testimonio que me encontré. ‘Decía una joven, que de manera inesperada cargó con la cruz del cáncer, que no se hablase tanto de cruz; que esa cruz no le pesaba, porque estaba cubierta de flores. Y explicaba: cada palabra amistosa que me dicen, cada beso que recibo, cada oración que me ofrecen, cada prueba de cercanía e interés, es una flor que yo coloco en mi cruz. ¡Y son tantas!’

Vamos, pues, a colocar flores junto a la cruz de Cristo. Vamos a ir luego todos acercándonos a venerar la cruz con un beso y vamos a llevar una flor. Pero, ¿dónde están esas flores que no vemos preparadas?, me vais a decir. Alguien que tenía que hacerlo se olvidó de prepararlas. ¿Habrá que ir corriendo a comprarlas? No, esa flor la tienes tú, está en tu mano llevarla.
Cuando vayas a besar la cruz, en ese momento hermoso y emocionante de adorar y venerar la cruz de Jesús, piensa de una forma concreta en una persona a la que hoy de manera especial te vas a acercar. Ya sea para tener un gesto de amistad o una palabra de cercanía, un consuelo en su sufrimiento o una lágrima que enjugar; una ayuda que esa persona pueda necesitar; un gesto de paz y reconciliación con alguien con quizá haya algo pendiente de arreglar y sin resolver; una sonrisa que despierte una ilusión o un gesto de cariño a quien se pueda sentir solo; una llamada a esa persona con la que hace tiempo que no hablas; un gesto de comprensión ante una situación concreta y que pueda ser difícil…

Cada uno piense en una cosa concreta y en una persona concreta. No es quedarnos en generalidades de decir que voy a ser más amable con los demás. Hagamos el esfuerzo de lo concreto. Al besar la cruz ese beso sea el compromiso de realizarlo a lo largo del día. Y si alguien se acerca a ti, no lo rechaces, que eso es también una flor. Sí, esas son las flores con que vamos a cubrir la Cruz de Jesús. Y esas flores sí que está en nuestras manos tenerlas y ponerlas. Seguro que si así lo hacemos las cruces de muchas personas van a estar adornadas de flores y en nuestro ambiente va a comenzar a oler el florecer de la primavera que brillará con un nuevo resplandor el domingo cuando celebremos la resurrección del Señor.

Estaremos así comulgando a Cristo, inundándonos de su sangre redentora y empapándonos de su gracia. Es el momento con el que concluimos hoy nuestra celebración. Comulgamos el Cuerpo de Cristo, ese cuerpo entregado e inmolado pero que se nos da como alimento para que tengamos vida y vida en abundancia.

jueves, 1 de abril de 2010


Un paso de amor de Jesús que nos enseña a amar con su amor

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15


GENTILEZA DEL PADRE CARMELO HERNÁNDEZ DE TENERIFE ESPAÑA


‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor… porque es la Pascua, el paso del Señor…’ Así hemos escuchado a Moisés en el libro del Exodo en la primera lectura. Recordarán y celebrarán por todas las generaciones el paso del Señor que les liberó de Egipto.

Nosotros también celebramos el paso del Señor, no ya en la liberación de Egipto sino en Jesús que es nuestra salvación. También decimos es la Pascua, estamos comenzando a celebrar en esta tarde el Triduo Pascual, es el paso salvador del Señor. Y lo estamos celebrando en la entrega más grande, en la más grande manifestación de amor, que es la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Hoy todo nos habla de amor; nos sentimos inundados de amor hasta rebosar en un amor infinito como es el del Señor; sentimos el perfume penetrante del amor que quiere empapar totalmente nuestra vida. Gestos, palabras, mandatos, señales claras y bien significativas de amor, presencia de amor que se va a hacer permanente por la voluntad del Señor.

‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dice el evangelista. Hasta el extremo, pero ese extremo no tiene limites porque no se puede poner límites al amor eterno e infinito de Dios. Y comienzan a sucederse los gestos y los signos. Gestos y signos que realizará Jesús mismo, el primero. El dueño de casa cuando llegaba un huésped ofrecía siempre agua a través de sus sirvientes o esclavos. Recordemos la queja de Jesús en casa de Simón, el fariseo, porque no le había ofrecido agua.

Ahora será Jesús mismo el que se pondrá a los pies de los discípulos no sólo ofreciendo agua sino lavándoselos El mismo. ¿Quizá habían tenido que ser ellos los que lavaran los pies a Jesús? ¿Haría falta una María Magdalena que lo hiciera al no hacerlo los discípulos? ¿Lo hubiéramos hecho nosotros si hubiésemos estado allí? Pero es Jesús el que se quita el manto, se ciñe la toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavar los pies de cada uno de los apóstoles. Ahora ellos se quedan quizá extrañados o alguno protestará para no dejarse lavar, como Pedro. ‘Si no te lavo no tendrás parte conmigo…’ le replica Jesús.
‘Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros…’ ¿No había dicho que el que quisiera ser primero y principal se hiciera el esclavo y el último de todos? Tantas veces que habían estado discutiendo de excelencias y preeminencias ahora tenían que haberse quedado callados seguramente al contemplar tales gestos en Jesús. Era una hermosa lección.

Gestos de amor de Jesús que tendríamos que decir que no vienen a ser una novedad en estos momentos, aunque ahora nos llamen la atención de manera especial, sino que son una consecuencia de su camino de amor y de entrega a través de toda su vida como palpamos bien en las páginas del evangelio. Son ahora una subida o escalada en ese camino de amor que ahora iba a llegar a su mayor altura, a su plenitud. Es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días.
‘Sed esclavos los unos de los otros por el amor’, nos explicará más tarde san Pablo en sus cartas. ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ Será nuestro distintivo, su mandamiento, pero que en realidad es exigencia de respuesta a tanto amor cómo el Señor nos tiene. ‘Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dirá Jesús. Porque además no puede ser un amor con una medida cualquiera. El nos amó hasta el extremo, como hoy hemos escuchado, y esa tendrá que ser la medida de nuestro amor. Mucho tendríamos que hablar en este sentido.

Pero todo no termina ahí. No se agotan ni los gestos ni los signos de amor. Si un día nos había dicho que por el amor le íbamos a encontrar en los demás, porque todo lo que le hiciéramos a los otros a El se lo hacíamos, ahora en su amor y por amor nos va a dejar el gran signo de su presencia en el Sacramento de la Eucaristía que ahora va a instituir como memorial de su presencia, de su amor y de su entrega hasta la muerte por nosotros.

San Pablo nos ha recordado la tradición recibida del Señor, como El dice, que nos expresa lo que sucedió en aquella cena pascual y lo que ya desde el principio la comunidad hacia y ha seguido haciendo hasta la consumación de los tiempos. ‘El Señor Jesús en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… lo mismo hizo con el cáliz… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto en memoria mía…’ Y terminará diciéndonos el apóstol: ‘Por eso cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’.
Jesús que se rompe de amor por nosotros. De tal manera se rompe de amor por nosotros que se hace pan partido y repartido para que le comamos, para que le vivamos, para que le hagamos vida en nuestra vida igual que un alimento se asimila y se hace vida de nuestro organismo, para que comiéndole a El estemos comiendo su amor, estemos haciendo su amor vida de nuestra vida. Es la mejor manera de llenarnos, inundarnos de su amor para que lleguemos a vivir un amor semejante a su amor, como fue su mandato.
La Eucaristía será para nosotros fuente de amor pero también compromiso de amor. En la misma cena pascual en la que Jesús se dio por nosotros hasta hacerse pan y hacerse Eucaristía para que le comamos, se puso a lavar los pies a sus discípulos. Todo ha sido una cena donde ha brillado y resplandecido el amor. Que es lo que nosotros tenemos que hacer. No se entenderá ya en adelante un cristiano que comulgue a Cristo y no sea capaz también de comulgar al hermano..
Por eso nos ha dicho tras darnos a comer el pan de su Cuerpo entregado y beber del Cáliz de su Sangre derramada que eso mismo hiciéramos nosotros en adelante en memoria suya. ‘Haced esto en memoria mía…’ Así pues, ahí está como una primera consecuencia ese necesario amor que nosotros hemos de vivir a imitación de su entrega de manera que comeremos a Cristo y necesariamente tenemos que comenzar a la lavar los pies del hermano y no se entenderá entonces que quien coma del Pan de la Eucaristía no ame de corazón a su hermano.

Pero algo más nos quiere decir con estas palabras ‘haced esto en memoria mía’. Instituye el Sacerdocio de la Nueva Alianza que haga posible ese milagro de amor que es la Eucaristía. A los apóstoles estaba confiándoles el realizar ese signo por el cual el pan y el vino iban a ser verdaderamente su Cuerpo y su Sangre. ‘Al instituir el sacrificio de la eterna Alianza… nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya’, como decimos en el prefacio. Ellos habían de repetir los gestos y las palabras de Jesús para realizar ese sacramento y milagro de amor en el que haríamos presente el sacrificio de su entrega y de su amor, como luego a lo largo de los siglos ha seguido realizándose en el ministerio de la Iglesia y sus sacerdotes.
Otro gesto y locura de amor de Jesús que así quiere seguir haciéndose presente en medio nuestro en el ministerio de la Iglesia a través de sus ministros los sacerdotes. Harán presente a Cristo en la Eucaristía y en la gracia sacramental de cada uno de los sacramentos; hacen presente a Cristo en la Palabra de Dios proclamada y a través de todo el ministerio pastoral para ayudar al pueblo de Dios a vivir esa presencia y ese amor de Jesús.

No podemos extendernos excesivamente en estos momentos sobre el tema del sacerdocio de Cristo, pero sobre todo teniendo en cuenta el Año Sacerdotal que estamos viviendo os invito a que en esta hermosa celebración demos gracias a Dios por ese ministerio de amor en sus sacerdotes así como elevemos nuestra oración al Señor pidiendo por los sacerdotes que es una forma también de valorar este regalo de amor que significa el sacerdocio para la comunidad cristiana.

Día para nosotros memorable… fiesta del Señor… es la Pascua, el paso de Dios con todo su amor, lo que estamos viviendo hoy. El Sacerdote repetirá el gesto de Jesús de lavar los pies, expresión del servicio a la comunidad y del servicio de amor de la comunidad, pero repetirá luego también las palabras y los gestos de Jesús para que por la fuerza del Espíritu el pan y vino que presentamos sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando comamos de este pan de la Eucaristía no olvidemos que estamos anunciando y proclamando la muerte del Señor que de manera tan intensa en estos días estamos celebrando.